Una bofetá con toda la mano abierta, que dirían algunos. Así se sintió la derrota del Cádiz CF ante el Málaga en el maldito JP Financial. No fue una derrota más ni una derrota que pueda entrar dentro de la lógica futbolística. Fue una exposición descarnada de dos realidades opuestas. De un lado, un Málaga desatado, feliz, convencido de lo que hace. Del otro, un Cádiz irreconocible, triste, superado, depresivo e incapaz siquiera de entender por dónde le llegaban los golpes. Un sparring a merced de los de Funes para deleite de la hinchada malaguista desplazada a la Tacita.
El Málaga jugó como quien disfruta, como quien cree, como quien siente que este deporte le pertenece. Y el Cádiz fue el Cádiz de siempre. Sin alma, sin argumentos, sin identidad. Un equipo que no compite, que no transmite, que no encuentra ni siquiera el orgullo mínimo exigible en una plaza como la cadista.
Y eso que hace apenas una semana todo parecía distinto. La victoria en Anduva ante el Mirandés invitaba al optimismo. Debut de Sergio González, portería a cero, sensaciones renovadas y la esperanza de un punto de inflexión. Pero no. Fue un espejismo. Una falsa señal. Un acto de falsa bandera para hacer creer que todo había cambiado.
Lo verdaderamente preocupante no es la derrota en sí, sino lo que confirma. Porque este Cádiz lleva tiempo roto, y señalar únicamente a Gaizka Garitano era simplificar demasiado el problema. Sí, tenía responsabilidad. Pero ni mucho menos era el único ni el principal culpable de esta situación vergonzosa.
Una directiva que apostó por un proyecto low cost, con la idea (atractiva en lo teórico aunque esconde una situación económica que no es buena) de revalorizar jugadores para venderlos en el futuro, pero que en la práctica pone sobre la mesa la inexperiencia del equipo. Una dirección deportiva que armó una plantilla interesante en verano, pero que dinamitó ese trabajo en invierno al no reforzar posiciones clave. Ni sustituto de garantías para Tabatadze, ni un central que aportara seguridad. Una ruina de foto final, vamos.
Y luego están los futbolistas. Sí, cometen errores. Hay fallos individuales evidentes, como el de Diakité o la pasividad defensiva generalizada. Pero no son los responsables de haber sido elegidos. No son los arquitectos de este proyecto. Tampoco lo es Sergio González. Pretender que un entrenador solucione en días lo que lleva meses gestándose es una ilusión digna de los más infantiles. Y la gran duda ahora es precisamente esa, saber si el efecto de su llegada ya se ha diluido tras este golpe o si, en realidad, nunca existió.
Las alarmas están encendidas porque la sensación es que la permanencia del Cádiz pasa por una cuenta tan simple como es la de encontrar cuatro equipos peores. Y alcanzar los 50 puntos cuanto antes, como quien se agarra a una tabla en medio del naufragio. Pero aún hay algo aún más preocupante que lo deportivo.
La grada. Porque el cadismo, históricamente visceral, pasional, exigente, ha alcanzado el mayor grado de apatía. Ya no hay enfado, no hay rabia, no hay ese runrún que precede a las grandes reacciones. Hay silencio. Hay indiferencia y desinterés. Y eso sí que debería encender todas las alarmas en la zona noble del club.

